Parece ser un secreto de Estado perfectamente guardado, pero aquellos deslumbrantes jóvenes de 20 o 25 años que hoy miran de reojo las canas ajenas no se van a quedar congelados en nitrógeno líquido para siempre. La sociedad nos prepara con esmero para la casa, la escuela y la vida social, pero extrañamente olvida advertirnos que el reloj biológico corre para todos; sí, incluso para quienes asumen con inocencia que llegar a la tercera edad es un fenómeno exclusivo de los demás.
Ese trámite de graduarse de la universidad y salir a ejercer el periodismo —o cualquier otra profesión— suele traer consigo un síntoma infravalorado: la práctica acumulada. Para gran sorpresa de quienes creen que la juventud es un mérito académico, llevar encima unas cuantas décadas de coberturas, cierres de edición y gestión de crisis no convierte el cerebro en papilla; al contrario, transforma la teoría novata en una destreza afilada que ningún título recién impreso puede simular de la noche a la mañana.
Así que, antes de dar por «retirado» a un periodista sénior con la cómoda excusa de que le toca cerrar ciclo, convendría recordar que cumplir años no es un pase directo al rincón del olvido, sino la oportunidad perfecta para dar la cara y demostrar con contundencia todo lo aprendido. A fin de cuentas, despreciar a un profesional por el número en su cédula no te convierte en un genio ni en mejor persona, solo deja al descubierto una notable falta de madurez y una visión bastante miope de tu propio e inevitable futuro.
Anónimo












